(miComunidad.com) La epístola de Santiago está escrita con un enfoque eminentemente práctico, aplicando la fe a la vida diaria. En el capítulo 3, Santiago introduce el concepto del “hombre perfecto” en el contexto del control de las palabras y la lengua. Los versículos 1 al 18 tratan sobre el poder de las palabras y la influencia de la lengua, comenzando con una advertencia sobre la gran responsabilidad de los maestros, para luego extender la enseñanza a todos los creyentes.
Santiago reconoce lo difícil que es evitar pecar con lo que decimos: «Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, este es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo» (Santiago 3:2, RVR1960).
Al hacer esta declaración, Santiago admite la realidad de la imperfección humana, nuestra tendencia al error y la debilidad de nuestra naturaleza. Sin embargo, al señalar a aquel que no tropieza en sus palabras —es decir, que no ofende ni hiere con lo que dice— establece un estándar muy alto, describiendo a esa persona como “un hombre perfecto”. En este contexto, el “perfecto” no significa impecable o sin pecado, sino alguien que ha alcanzado madurez y dominio propio, especialmente en su manera de hablar, y por extensión, en el control de todo su ser.
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